Crecí con la idea de que había que estudiar algo "para ser alguien en la vida" y, de paso, para tener un trabajo del cual vivir para siempre. Pasé por Contador Público antes de entender que ese no era mi camino: lo dejé en 2012, después de medio año de replantearme todo desde cero.
El verdadero quiebre fue mucho antes. Mi papá murió cuando yo tenía 11 años. Esa pérdida fue mi despertar: entender, siendo muy chica, que la vida no es para siempre, que la gente no se queda para siempre, y que nadie más que uno mismo decide qué hacer con el tiempo que tiene. Desde entonces trato de no vivir con miedo a equivocarme, porque hasta los errores son aprendizaje.
Terminé Comunicación Social —soy periodista para el resto del mundo— y sumé formaciones en oratoria, producción de radio y doblaje. En el medio, viajaba con lo que podía: un work and travel en Estados Unidos, un verano en Río de Janeiro, las vacaciones armadas con amigas. La pregunta que nunca dejé de hacerme era: ¿ahora a dónde voy?
Esa pregunta me llevó a una beca de la Fundación Carolina que me trajo a Madrid, y ahí encontré el camino de la vida digital: proyectos freelance que podía hacer desde cualquier lugar, en cualquier horario, cobrando en dólares o euros. Llevo más de 6 años viviendo así, por Europa y América, combinando trabajo remoto con viajes reales — no de postal.
Hoy mi misión es ayudar a que otras personas den ese mismo salto: mamás que quieren trabajar desde casa sin resignar su carrera ni tiempo con sus hijos, futuros nómadas digitales que no saben por dónde arrancar, y latinoamericanos — especialmente argentinos— que quieren ganar en moneda fuerte y tener más oportunidades sin depender de las limitaciones económicas de su país. Lo hago con transparencia: comparto tanto lo que funcionó como lo que no, presupuestos reales y el camino tal cual es, sin filtro de Instagram.
